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Por regla general no suelo escribir relatos, pero en esta ocasión lo hice y éste fue publicado en el libro “El hilo de Ariadna”, una antología de los alumnos de la escuela de escritores de Zaragoza.

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Sábanas de saldo:

Sé que dejaste de ser mía hace mucho, pero aún perdura tu olor en aquellas sábanas que compramos en rebajas, cuando nuestro presupuesto era escaso. Recuerdo que aquella tarde llevabas el pelo recogido y el mechón que te caía sobre la mejilla se tambaleaba al ritmo de tus zapatos de tacón. Ibas con un paso imposible para mí, ambos hemos llevado siempre ritmos diferentes, ya lo sabes, pero disfrutabas como una niña escondiéndote entre los pasillos encerados.

Disfrutabas igual que cuando me descubrías mirándote de reojo a través del espejo del dormitorio. Jugabas a no haberme visto, pero en cuanto sentías mi presencia hacías que cada prenda de la que te despojabas se deslizara deliciosamente por tu silueta y cuando tu piel llegaba a la desnudez, te acercabas para hacerme tuyo.

Nunca me he explicado qué viste en mí aquella noche. En esa época tenía una imagen patética, iba todo el día con ropa que usaba de pijama, sin peinar y apestando a alcohol. Me preguntaste qué era lo que me había llevado hasta esa barra y en tus ojos asomó aquella inteligencia sombría de la que me enamoré. No supe qué responder, tenía la mente nublada y la lengua embriagada y me limité a balbucear los nombres de todos los brazos con los que me había topado y a los que había usado.

No quería desahogarme con nadie y tu presencia comenzó a resultar molesta, deseé que te esfumaras, que desaparecieras, como lo había hecho el hielo de la última copa que me tomé. Pero eres de ese tipo de personas a las que le atraen los casos perdidos, así que dominaste la situación hasta que, no sé cómo, amanecí refugiado entre tus muslos.

Desde ese día gozaste de saberme tuyo, de ser dueña y señora de esa locura que me domina en cuanto el sol desaparece. Te permitiste entrar en mi cabeza y desordenar los papeles que, aunque amarillentos, usaba como brújula para situaciones de emergencia.

Pero de todo se cansa uno y tú decidiste que debía acabar la historia que llevaba mi nombre. Me desperté y ya te habías ido, tu lado de la cama estaba aún caliente. Detrás de mi escuché un sonido nuevo que no pude reconocer. Al girarme,  vi sobre la mesita de noche un reloj con manecillas de guadaña. Así fue como supe que mi tiempo ya había terminado.

Ahora no soy más que unos pulmones luminosos, moviéndose al compás de un tictac sobre unas sábanas de saldo.

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