Archivo mensual: diciembre 2009

No habrá más

En la cubierta de madera, llegando ya al último tramo, observo las lucecitas que adornan mi sien. Dirijo la punta de mis dedos hacia el cielo e intento tocarlas. ¿Cuántas de ellas querrían adornar mis entrañas?

Inspiro fuerte y cierro los ojos lo que me lleva a recordar el aroma a sal que desprendía mi cuerpo tras reptar entre tus piernas.

Al partir me dijiste, quizás vuelvas algún día, y yo que dejé de confiar, dibujé una media sonrisa, te abracé y tu, de espíritu mágico, conseguiste que cientos de pétalos flotaran a mí alrededor formando una capa de dulce aroma y aterciopelado escudo.

Siento la vida dentro de mí, pero me duele, me molesta, mis pechos se endurecen y se emocionan al introducirse en la gélida agua del océano.

Me estremezco ante la idea de desaparecer pero me hace feliz, se que aún puedo hacerlo. Me meto desnuda dentro del agua, necesito soltar lastre de oscuridad e indecoro.

Si introduzco la cabeza el tiempo suficiente bajo el agua, podré limpiar el pasado, los años malvividos y justo cuando mi piel se torne violácea mis pálidos labios sonreirán al saber que el renacimiento sólo está a una expiración.

Mis músculos ya no volverán a ser flexibles, ni mi corteza suave con olor a limpio, mis ojos ya no podrán transmitir calidez ni mi deseo por tenerte, mi cabello decorado con rizos estarán tristemente desordenados.

Pero no habrá ni un día más en el que la locura, criatura de alma desangrada, me obligue a contemplar la imagen de lo que pude llegar a ser y no fui.

No habrá más días, no habrá nada más.

Aljana


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Una tarde más

Camino con la espalda encogida por el frío. Hoy ha vuelto a nevar y mi piel acostumbrada a otros aires se rompe y agrieta. Me tapo como puedo los palpitantes labios porque ya apenas es lo único que siento de mi rostro.

Tiro el bolso al asiento del copiloto y entro todo lo rápido que puedo, golpeándome una vez más la rodilla con el salpicadero.

Me han dejado el coche encajado y tras varias maniobras consigo salir y emprender de nuevo la vuelta al hogar. No me gusta esta época, salgo de casa antes del amanecer y vuelvo de noche, sin llegar a ver la luz en todo el día, y eso me hace sentir enferma.

Al incorporarme al tráfico apago la música, no puedo escuchar nada, necesito relajarme y respirar fuerte. Todos los semáforos se ponen rojos justo cuando perciben mi paso, todo está lleno de coches encerrados entre autobuses y hoy ya no puedo más.

Para matar el tiempo miro a mí alrededor y me topo con una valla de obras. Recorro con mis ojos cansados los hierros que la forman y al llegar a su cumbre atisbo una ventana de marco plateado, al principio no puedo ver nada más que sombras pero entrecierro un poco los ojos y consigo ver a un hombre joven abrazando a un niño, el pequeño va vestido con un pijamita verde que intuyo de algodón.

El niño apoya sus manos bien abiertas en el cristal helado y de su pequeña y dulce muñeca pende un tubo de plástico conectado a una bolsa de suero. Con sus deditos acariciaba el cristal y a la vez sujetaba el rostro de su padre. No tendría más de 3 o 4 años y en su cara se dibujaba una amplia y sincera sonrisa, bella, tranquila y pálida. El pequeño le señalaba al padre lo que veía tras el cristal, estaba ilusionado por ver la calle y las luces y el alboroto típico de Navidad. Dios, estaba tan lleno de vida… que dolía.

Y entonces me sentí como una puta egoísta y llorando, con el alma desgarrada, volví a pisar el acelerador, para huir, una tarde más.


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