Archivo mensual: abril 2009

Sábanas

sabanas

Eres espina procedente de las húmedas noches en la alcoba de mis entrañas, desde que tus dedos entraron en mí por primera vez, torpes y presurosos, anhelantes de mi jugo.

Yo estaba dolida, transformándome poco a poco en un ser desconocido de pezones duros y ombligo roído de ansia.

Llegaste en el momento justo, cuando mis ganas necesitaban de una fuente de la que saciarse, como si de un lobo hambriento se tratara, con fuerza e ímpetu hasta llegar a la cumbre de un grito desgarrador que me llevara hacia el paraíso de la desnudez.

Nunca pensé que alguien amaría cada poro y arruga de mi piel sin esperar ni desear ningún cambio en ella, valorando todo lo que me compone, tal y como soy, sin mejoras ni accesorios innecesarios.

Amarme por lo que soy, desde que mi pupila despierta hasta que reposo mi cuerpo sobre las sábanas con rastro de gozo, donde saludamos al sol retozándonos con nuestros torsos lechosos.

Quiero tapar con mis nalgas el sol y transformar los días en eternas noches para deslizarme cautelosamente hasta tu trofeo, tantas veces como mis labios deseen y como mi lengua antoje, hasta que tu rostro se convierta en espejo del placer que te entregué junto con los resquicios de mi alma.

Aljana.

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Compasión

angelbosque

Hace unos días, emprendí el vuelo en busca de alguien que se compadeciera de la tristeza que me inunda y quedarme, sin más, tranquila, con las pestañas entrelazadas por un tiempo infinito.

Pero una ventisca quebró las alas que llevo ancladas en la espalda y vine a parar aquí, a un tétrico y solitario paraje rodeado de árboles que intentan manosear las ropas que me cubren.

Entre todos los huéspedes que habitan en el prado insomne, ha sido justo en tus pies donde he ido a caer rota y sedienta.

Necesito que me arropes y que tejas con tus tiernas hojas una telaraña con la que acallar mi voz desgarrada, al menos hasta que desembarque de esta desoladora locura.

Al despertar, ya en calma, treparé hasta lo más elevado de tu torso y te abrazaré con la cintura, atreviéndome, traviesa, a cavar en tu interior laberintos de fresca y amarga miel.

Y entonces dormirás dulcemente, cuando el suspiro de invierno, traído por los acordes del arpa celestial, te entreguen a Morfeo; y mientras, decenas de ojos, ocultos tras la neblina, envidiarán la calidez que te regala el esponjoso y húmedo manto de musgo acampado en tu corteza.

Pero si decides no hacerlo, si decides no acogerme, prométeme que al menos hundirás tus ramas en mi pecho y desgarrarás con ellas el indecoro que en él reside; transformándome en un hada de polvos mágicos que trasmute cuando la medialuna mora asome entre quijotescos rascacielos.

Aljana.


Claroscuro

Claroscuro

Apenas son las doce y ya un manto de suaves nubes cubre la redondez de la luna.

Salí a buscar mi silueta perdida entre las sombras y aquí me encuentro, en lo más alto de la atalaya manteniendo el equilibrio a duras penas, obligándome a dibujar figuras claroscuras con el contoneo de mis tímidas caderas.

No se cuando llegué hasta aquí, ni el tiempo que me quedaré, quizás hasta que encuentre en el amanecer un abrazo cálido y reconfortante que consiga con un toque de magia reparar mi maquinaria precisa, hoy menos palpitante que ayer.

Las calles huelen a una nostalgia diferente, desconocida hasta ahora, algo más calmada, pero más firme.

El hambre me invita a saborear las mieles de quien amé y a quién amaré, quizás su aroma de sentido a la locura de esta vida mía que ya se sabe rancia y rota.

Siempre me pregunté si alguna vez podría cambiarlo todo, si la obsesión que me asaltó podría ser arrastrada por un huracán intravenoso hasta sepultarla en el fondo de un volcán que al estallar me salpicara la piel de algas.

Pero a pesar de todo, es posible que el dolor aparezca de nuevo mañana, es posible que no se borren de mis pechos los nudos marineros que me aprisionan en un polvoriento rincón.

Si eso llega a suceder, despertaré amnésica de sentimientos bellos, de entrega desinteresada, de besos castos, pero nunca del amor que me sedujo un día y cuyos restos quedaron tatuados en mis escamas.

Aljana.


La metamorfosis del vampiro

Baudelaire

La mujer, entre tanto, retorciéndose

igual que una serpiente en las brasas,

y amasándose los pechos por encima de las ballenas del corsé

dejaba deslizar de su boca de fresa estas palabras

impregnadas en almizcle.

<<Tengo los labios húmedos y conozco la ciencia

de perder en una cama la antigua conciencia.

Seco todas las lágrimas en mis pechos triunfantes

y hago que los viejos se rían con risas infantiles.

¡Para quien me ve desnuda y sin velos, sustituyo

a la luna, al sol, al cielo y a las estrellas!

Cuando aprisiono a un hombre con mis temidos brazos,

cuando abandono mi busto a los mordiscos,

timida y libertina, frágil y robusta,

soy, mi querido sabio, tan experta en deleites

que sobre ese colchón que se desmaya de emoción,

¡los ángeles impotentes se condenarían por mí!>>

Cuando me hubo chupado toda la médula de los huesos,

y me volví hacia ella con languidez

para darle un beso de amor, ¡no vi más

que un odre de flancos viscosos, rebosante de pus!

En mi helado terror, cerré los ojos,

y cuando volví a abrirlos a la viva claridad,

a mi lado, en lugar del fuerte maniquí

que parecía haber hecho provisión de sangre

entrechocaban en confusión unos restos de esqueleto,

que producían un grito como el de una veleta

o el de un cartel que, en la punta de una vara de hierro,

el viento balancea en las noches de invierno.

Charles Baudelaire (Las flores del mal)


Perdida

estrellaosamayor

Qué doloroso es volver a caminar con las piernas rotas tras una caída de siete pisos, tras un salto al fondo del pozo de tus ojos.

Despliego las embarradas alas y me aseguro con la punta de la lengua que los colmillos están sedientos de ti. Sin ser vista rodeo tu nuez y me enrosco cuál víbora en un árbol frutal. Qué guapo estás de gris…

Sobrevuelo desnuda por desérticas montañas hacía el país de nunca jamás. Por el camino me topo con un par de cuervos blancos que ríen a carcajadas al ver el rastro de lágrimas que perlan mis mejillas.

Con el alma negra y las venas inflamadas hago piruetas entre las estrellas mientras rozo con mis pechos el cielo de tu boca.

Seré una leyenda, una nueva derrota de la que, por última vez, saldrás engalanado y victorioso.

La belleza de la noche discurre como las horas, sin pena ni gloria, como palabras emborronadas por sangre de virgen derramada.

Próxima a la punta de mis rizos atisbo la espiral arabesca que me avisa del final; una fuerte ventisca me alza hacia el sol, derritiéndose mis alas en una burda imitación a Ícaro.

Ven hacia mí tormenta de tormento, ayúdame con tu espina dorsal rellena de angustia a borrar de mis entrañas la huella del fruto que no llegó a madurar.

Aljana.


Entre tus muslos de nácar

The lovers-Jan Saudek

The lovers-Jan Saudek

Mientras la noche duerme sola y taciturna, la punta de mis dedos recorren el cristal de la ventana donde se ha posado mi aliento tras una velada escondida entre tus ingles.

Tengo los ojos inundados de tempestades que apenas me dejan parpadear. Medio cegada decido marcharme y alzo la mano para despedirme, pero mis fuerzas flaquean y no puedo hacer otra cosa que contemplarte.

Adoro todo tu ser, me acerco a tus cabellos e inspiro con fuerza metiendo la punta de mi nariz entre tu pelo, quiero tatuarme el olor a eunuco que desprendes y llevarlo conmigo, hacia donde me dirijo.

Sigilosa, me tumbo acurrucada en el filo de la cama convirtiéndome de nuevo en aquella niña asustadiza, temerosa de caminar por rutas sin luz. Mis húmedos labios se posan delicadamente sobre tus manos que al reencontrarme recorren con un leve temblor mi rostro.

Te necesito, lo sientes y volviéndote hacia mí ahuecas tu pecho lo justo para que pueda meterme dentro. Cobijada entre un puñado de musicales costillas espero que el dulce sueño te invada para poder abordar tu alma de pirata.

Quiero pasar el resto de mi vida enredada entre tus muslos de nácar.

Te quiero, mi primavera, mi oscuridad, mi espina rosada.

Y cuando amanezca y el lado de mi cama se encuentre frío, sabrás que estoy recorriendo el fin del mundo, añorando tus ganas, tu sonrisa chinesca, el azabache de tus ojos con los que me decías, sin palabras, que la vida, sin mí, no era nada.

Aljana.


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