Archivo mensual: febrero 2009

Howard Phillips Lovecraft

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A un soñador

Reconozco tu rostro,tranquilo y pálido,

en el reflejo luminoso de la vela;

La negra sombra de tus párpados, bajo esa cortina

Están los ojos que no ven utilidad a este mundo.

Y mientras observo,ansío conocer

Los caminos por donde tus sueños van,

las tenebrosas regiones que tu imaginación ve

Con los ojos velados por la rutina y por mí.

Pues del mismo modo,yo contemplo en sueños

cosas que mi memoria no podría guardar,

y desde la penumbra intento vislumbrar

las imágenes que aparecen ante tus ojos.

Yo,que demasiado bien conozco la cumbre de Thok;

Los valles de Pnath,donde los sueños se reúnen;

Las criptas de Zin;y así pienso

porqué tus rezos se dirigen a la llama de la vela.

¿Pero,qué es lo que se desliza quedamente

sobre tu cara y tus barbudas mejillas?

¿Qué miedo distrae tu mente y tu corazón,

y te hace llorar con repentino temor?

Viejas visiones se despiertan…Ante tus ojos

brillan las oscuras nubes de otros cielos,

Y por alguna demoniaca perspectiva

Me veo flotar sobre la noche encantada.

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Jan Saudek

Jan


Jan Saudek nació en Praga en 1935. En 1951 coloreó una foto de la que su madre dijo que era completamente mala. Este comentario le alejó durante un tiempo de la fotografía. Ahí podemos ver el poco conocimiento de su progenitora, en cuanto al arte se refiere, ya que, aunque Jan comenzó haciendo fotografía en blanco y negro, el colorearlas fue lo que le hizo ser reconocible mundialmente.

Refiriéndose a su trabajo dijo: “con mi trabajo lo que intento es capturar todas las cosas que conozco y amo, pero sobre todo me gustaría dejar una huella del tiempo en que he vivido”. Y lo consiguió.

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Su maravillosa obra es lujuriosa, complicada para los ojos de muchos. Pero que bella es la desnudez que él nos muestra, la desnudez tal y como es. Pechos muy grandes y pequeños, costillas marcadas, cuerpos celulíticos, pieles jóvenes y tersas junto con pieles añejas y con historia. Con que tacto y sutileza colorea cada imagen, muchas de ellas engañándonos, camuflándose bajo la apariencia de un cuadro.

Pero como toda obra, la suya también tiene explicación. Por un lado Jan sufrió como mucha gente la muerte de varios miembros de su familia en campos de concentración durante la segunda guerra mundial. Él mismo estuvo internado con su hermano mellizo en uno de ellos del que lograron escapar por un golpe de suerte de los experimentos de Josef Mengele (conocido también como el ángel de la muerte, fue un médico y criminal de guerra nazi, especialmente conocido por sus experimentos con seres humanos en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, que ocasionaban la muerte de éstos en la mayoría de los casos. Le gustaba experimentar especialmente con gemelos y mellizos ). Además en su ciudad de nacimiento lo forzaron a trabajar de forma clandestina en un sótano para evitar a la policía secreta por problemas de libertad erótica, incluso en 1987 sus negativos fueron requisados por la policía, pero se les devolvieron al poco tiempo.

En esta ocasión he destacado su fotografía pero también tiene grandes obras como pintor.

Black Sheep and white Crow

Black Sheep and white Crow

The Pretty Girl I loved

The Pretty Girl I loved


Que más da.

Pedro Casariego Córdoba

Pedro Casariego Córdoba

No soy nada. No soy casi nada. No

Ella está a mi lado. Yo estoy en la cama como siempre. Con las manos detrás de la cabeza. No necesito comer. Me basta con las lubinas, las truchas y las algas, los caballitos de mar que se despistan en mi estómago. Vivo del aire. Muero del humo. Alquilo los caladeros más ricos a los pescadores más diestros. Me enriquezco sin dar ni golpe. Soy un terrateniente más. Un terrateniente especial. Porque mis tierras están sumergidas. Hay en ellas un cementerio blanquecino. Sus cruces brillan al sol tímido del fondo del océano. En el cementerio desvaído pescadoras jovencísimas lloran a sus ahogados. Fui yo quien los mandó al otro barrio con un golpe de mar o de furia.

Ella yace a mi derecha. Con todo el pudor de su boca cerrada. Es una mujer de pelo báltico y excelentes modales. Con todo el candor de su desnudez invisible. No sé si está muerta.
Qué más da.

Si ella está realmente muerta, mis únicos padres se llevarán un buen chasco. “Terminarás por casarte con ella, ya lo verás, no digas de este agua no beberé porque el agua puede convertirse en vino, es ley de vida”.
Adoro el rastro de hielo que dejan los altares al marcharse.

Los médicos dicen que soy un farsante, que tengo cuerda para rato. Como si yo fuera un vulgar reloj de pulsera. Las mujeres que llevan pulsera me ponen enfermo. Supongo que se trata de una reacción claramente patológica. No estoy seguro. No puedo estarlo. Estudié más bien poco. Me dediqué a merodear por ahí. A atravesar con alfileres las miradas hostiles. A dormitar en las vías de los trenes harapientos. A tantas cosas.

Hace unos cuantos años. Me afeité con esmero. Me puse una de mis levitas. Me encasqueté el sombrero de copa que me ayuda a soportar el alcohol. Estaba lleno de energía y de audacia. Me apetecía bajar los escalones de cuatro en cuatro, de seis en seis, y llegar a la calle en un abrir y cerrar de ojos. No pude hacerlo. Sólo había dos escalones. Y mis párpados habían desaparecido. Un calor soñoliento se extendía por las aceras. Los ángeles arruinados tiritaban a pesar del calor. Enloquecidos. Quemaban las mantas municipales para calentarse.
¿Cómo es hoy la calle?
Llevo demasiados siglos sin salir.

Aquel mismo día. Temperatura altísima. Las estrellas parecían casi tan altas como los tejados minerales. Una ilusión óptica más. Pulcros orfebres corrían hacia la deshonra. En los estanques los torpedos asesinaban a los patos. Un aburrimiento mortal. Como de costumbre el tabaco se desangraba en las bocas de los paseantes. Me quité el sombrero de copa, y entré en la siniestra farmacia de guardia. Pedí una caja de preservativos. De repente me di cuenta de que no había traído dinero. No llevaba nada de valor. Ni una sola cadena de oro. Ni siquiera un simple paisaje pequeño pintado por un artista supuestamente célebre. Ni una caracola de mar, esos artilugios tan socorridos que sirven principalmente para enamorar a las dependientas ligeramente maduras mientras se les habla de los viajes de recreo, la fina arena de playa y los precios disparatados de las cunas. Me vi obligado a pagar con un cheque.

Sí, con un cheque.
Un cheque firmado con una pluma prestada. Un cheque tan amarillo como el pelo de la mujer que parece agonizar junto a mí.

He pasado muchos meses junto a ella en esta cama. Una cama modesta acompañada de un colchón celestial. Muelles, más muelles y comodidad. Aquí y allá, en la almohada y en el sobretodo que uso de pijama para ahorrar calefacción, lagos secos de semen. Un derroche salvaje. Un inconmensurable despilfarro de materia orgánica. Lagos mínimos. No me gusta exagerar.

Aquel famoso día. Yo era un hombre recto entre los árboles degenerados de la ciudad. Los ángeles cocinaban plácidas nubes. Una serenidad que me asqueaba. Antes de visitar la farmacia había pensado que los malditos ángeles pedigüeños estaban locos. Nada más alejado de la realidad. Nadie más cercano a la cordura que los ángeles implorantes que incendian mantas en verano para que los internen en los lujosos manicomios de los arrabales. Uno de aquellos impostores de alas irrompibles ensuciadas para inspirar compasión a los incautos me pidió un poco de comida. Un mendrugo de pan, por el amor de Dios, buen hombre.

Yo vomité las espinas de un salmón en la cara perfecta del ángel.

Proseguí mi camino imposible hacia la indiferencia absoluta. Pero siempre surgía algo que me apartaba de mi meta. Me sentía inevitablemente romántico. Anduve unos centenares de metros con la mirada entoldada por la emoción, y arrojé todos los preservativos a un charco que no había sabido evaporarse. Todos menos uno. Todos tomamos precauciones. Todos los miserables.

Pedro Casariego Córdoba.


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