Homenaje a las mujeres valientes

café

Hoy podría ser uno de esos días en los que mis párpados se dejan llevar por la pereza, abriéndose con lentitud mientras mis pestañas juguetean tímidamente con los primeros rayos de sol. Me gusta que estos cosquilleen los pliegues matutinos que invaden temporalmente mi rostro.

Inspiro un intenso perfume a café que me lleva en forma de recuerdos a la cocina de mis veranos infantiles. En esas mañanas mis ojos despertaban moviendose con rapidez para seguir los grandes platos de tostadas calentadas en un asador, embadurnadas con kilos de mantequilla de colores y acompañadas de enormes vasos de leche coloreada con chocolate. Todo ello bien dispuesto sobre una mesa cubierta con un florido mantel de hule.

Recuerdo las manos que lo recogían todo con brío y prisa, manos recias y mayores pero aún inyectadas de vitalidad.

De nuevo, en una cocina, bastante tiempo después, tras cientos de desayunos como ese, las manos del ayer se han tornado arrugadas, salpicadas con decenas de manchitas café con leche. Esas manos me cuentan su imposible primer amor que se alejó para defender la patria. A la vuelta de este nada fué igual, ya que su obligación moral, inculcada por la época, le hizo dejar a un lado sus sentimientos cambiándolos por la errónea elección de su progenitor.

Esa decisión le llevó a noches en vela cosiendo ropas, caminatas por polvorientos caminos bajo un calor infernal mientras transportaba matorrales sobre su nuca. Su vida dejó de ser suya y se dedicó únicamente a complacer a los que la rodeaban, trabajando sin descanso día tras día. Horas llenas de locura, gritos, golpes, amenazas, indiscutible falta de afecto.

Ochenta años dedicada a servir a los demás, empezando por sus padres y terminando por los hijos de sus hijos. Pero el tiempo se agota, recordando cada día con más intensidad su primer amor, aquel que no pudo ser por falta de libertad, por bailes llenos de madres y padres observando hasta el más mínimo pestañeo de sus infantes. Una época donde besar era pecado mortal, donde abrazar era símbolo de ausencia de indecencia, donde sentir estaba penado con dolorosas acusaciones.

Y hoy, cuando ya está libre de todo lo que le amenazaba la felicidad, su cerebro decide olvidar todo cuanto vivió, todo lo que sintió, y hasta las caras de los que una vez tuvo en su vientre.

Ahí está, sentadita en su butaca, meciéndose con delicadeza, matando el tiempo mientras se inventa historias fantásticas y maravillosas, cambiándo el guión de su historia personal y eligiendo entre ella los actores principales que le devuelven lo que le fué robado: la libertad.

Aljana.

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