Archivo de la categoría: Escritos de otros

Tarde

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Federico García Lorca

Tarde lluviosa en gris cansado,
y sigue el caminar.
Los árboles marchitos.
Mi cuarto, solitario.
Y los retratos viejos
y el libro sin cortar…

Chorrea la tristeza por los muebles
y por el alma. Quizá
no tenga para mí Naturaleza
el pecho de cristal.

Y me duele la carne del corazón
y la carne del alma. Y al hablar,
se quedan mis palabras en el aire
como corchos sobre agua.

Sólo por tus ojos
sufro yo este mal,
tristezas de antaño
y las que vendrán.

Tarde lluviosa en gris cansado,
y sigue el caminar.


La metamorfosis del vampiro

Baudelaire

La mujer, entre tanto, retorciéndose

igual que una serpiente en las brasas,

y amasándose los pechos por encima de las ballenas del corsé

dejaba deslizar de su boca de fresa estas palabras

impregnadas en almizcle.

<<Tengo los labios húmedos y conozco la ciencia

de perder en una cama la antigua conciencia.

Seco todas las lágrimas en mis pechos triunfantes

y hago que los viejos se rían con risas infantiles.

¡Para quien me ve desnuda y sin velos, sustituyo

a la luna, al sol, al cielo y a las estrellas!

Cuando aprisiono a un hombre con mis temidos brazos,

cuando abandono mi busto a los mordiscos,

timida y libertina, frágil y robusta,

soy, mi querido sabio, tan experta en deleites

que sobre ese colchón que se desmaya de emoción,

¡los ángeles impotentes se condenarían por mí!>>

Cuando me hubo chupado toda la médula de los huesos,

y me volví hacia ella con languidez

para darle un beso de amor, ¡no vi más

que un odre de flancos viscosos, rebosante de pus!

En mi helado terror, cerré los ojos,

y cuando volví a abrirlos a la viva claridad,

a mi lado, en lugar del fuerte maniquí

que parecía haber hecho provisión de sangre

entrechocaban en confusión unos restos de esqueleto,

que producían un grito como el de una veleta

o el de un cartel que, en la punta de una vara de hierro,

el viento balancea en las noches de invierno.

Charles Baudelaire (Las flores del mal)


Nocturno

oliverio

Oliverio Girondo

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana.
Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos.
Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas.
Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo,
y cuál será la intención de los papeles
que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras,
y en que las cañerías tienen gritos estrangulados,
como si se asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa,
al dar vuelta la llave de la electricidad,
en el espanto que sentirán las sombras,
y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones.
Y a veces las cruces de los postes telefónicos,
sobre las azoteas,
tienen algo de siniestro
y uno quisiera rozarse a las paredes,
como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos
que nos pasaran la mano por el lomo,
y en las que súbitamente se comprende
que no hay ternura comparable
a la de acariciar algo que duerme.


Howard Phillips Lovecraft

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A un soñador

Reconozco tu rostro,tranquilo y pálido,

en el reflejo luminoso de la vela;

La negra sombra de tus párpados, bajo esa cortina

Están los ojos que no ven utilidad a este mundo.

Y mientras observo,ansío conocer

Los caminos por donde tus sueños van,

las tenebrosas regiones que tu imaginación ve

Con los ojos velados por la rutina y por mí.

Pues del mismo modo,yo contemplo en sueños

cosas que mi memoria no podría guardar,

y desde la penumbra intento vislumbrar

las imágenes que aparecen ante tus ojos.

Yo,que demasiado bien conozco la cumbre de Thok;

Los valles de Pnath,donde los sueños se reúnen;

Las criptas de Zin;y así pienso

porqué tus rezos se dirigen a la llama de la vela.

¿Pero,qué es lo que se desliza quedamente

sobre tu cara y tus barbudas mejillas?

¿Qué miedo distrae tu mente y tu corazón,

y te hace llorar con repentino temor?

Viejas visiones se despiertan…Ante tus ojos

brillan las oscuras nubes de otros cielos,

Y por alguna demoniaca perspectiva

Me veo flotar sobre la noche encantada.


Que más da.

Pedro Casariego Córdoba

Pedro Casariego Córdoba

No soy nada. No soy casi nada. No

Ella está a mi lado. Yo estoy en la cama como siempre. Con las manos detrás de la cabeza. No necesito comer. Me basta con las lubinas, las truchas y las algas, los caballitos de mar que se despistan en mi estómago. Vivo del aire. Muero del humo. Alquilo los caladeros más ricos a los pescadores más diestros. Me enriquezco sin dar ni golpe. Soy un terrateniente más. Un terrateniente especial. Porque mis tierras están sumergidas. Hay en ellas un cementerio blanquecino. Sus cruces brillan al sol tímido del fondo del océano. En el cementerio desvaído pescadoras jovencísimas lloran a sus ahogados. Fui yo quien los mandó al otro barrio con un golpe de mar o de furia.

Ella yace a mi derecha. Con todo el pudor de su boca cerrada. Es una mujer de pelo báltico y excelentes modales. Con todo el candor de su desnudez invisible. No sé si está muerta.
Qué más da.

Si ella está realmente muerta, mis únicos padres se llevarán un buen chasco. “Terminarás por casarte con ella, ya lo verás, no digas de este agua no beberé porque el agua puede convertirse en vino, es ley de vida”.
Adoro el rastro de hielo que dejan los altares al marcharse.

Los médicos dicen que soy un farsante, que tengo cuerda para rato. Como si yo fuera un vulgar reloj de pulsera. Las mujeres que llevan pulsera me ponen enfermo. Supongo que se trata de una reacción claramente patológica. No estoy seguro. No puedo estarlo. Estudié más bien poco. Me dediqué a merodear por ahí. A atravesar con alfileres las miradas hostiles. A dormitar en las vías de los trenes harapientos. A tantas cosas.

Hace unos cuantos años. Me afeité con esmero. Me puse una de mis levitas. Me encasqueté el sombrero de copa que me ayuda a soportar el alcohol. Estaba lleno de energía y de audacia. Me apetecía bajar los escalones de cuatro en cuatro, de seis en seis, y llegar a la calle en un abrir y cerrar de ojos. No pude hacerlo. Sólo había dos escalones. Y mis párpados habían desaparecido. Un calor soñoliento se extendía por las aceras. Los ángeles arruinados tiritaban a pesar del calor. Enloquecidos. Quemaban las mantas municipales para calentarse.
¿Cómo es hoy la calle?
Llevo demasiados siglos sin salir.

Aquel mismo día. Temperatura altísima. Las estrellas parecían casi tan altas como los tejados minerales. Una ilusión óptica más. Pulcros orfebres corrían hacia la deshonra. En los estanques los torpedos asesinaban a los patos. Un aburrimiento mortal. Como de costumbre el tabaco se desangraba en las bocas de los paseantes. Me quité el sombrero de copa, y entré en la siniestra farmacia de guardia. Pedí una caja de preservativos. De repente me di cuenta de que no había traído dinero. No llevaba nada de valor. Ni una sola cadena de oro. Ni siquiera un simple paisaje pequeño pintado por un artista supuestamente célebre. Ni una caracola de mar, esos artilugios tan socorridos que sirven principalmente para enamorar a las dependientas ligeramente maduras mientras se les habla de los viajes de recreo, la fina arena de playa y los precios disparatados de las cunas. Me vi obligado a pagar con un cheque.

Sí, con un cheque.
Un cheque firmado con una pluma prestada. Un cheque tan amarillo como el pelo de la mujer que parece agonizar junto a mí.

He pasado muchos meses junto a ella en esta cama. Una cama modesta acompañada de un colchón celestial. Muelles, más muelles y comodidad. Aquí y allá, en la almohada y en el sobretodo que uso de pijama para ahorrar calefacción, lagos secos de semen. Un derroche salvaje. Un inconmensurable despilfarro de materia orgánica. Lagos mínimos. No me gusta exagerar.

Aquel famoso día. Yo era un hombre recto entre los árboles degenerados de la ciudad. Los ángeles cocinaban plácidas nubes. Una serenidad que me asqueaba. Antes de visitar la farmacia había pensado que los malditos ángeles pedigüeños estaban locos. Nada más alejado de la realidad. Nadie más cercano a la cordura que los ángeles implorantes que incendian mantas en verano para que los internen en los lujosos manicomios de los arrabales. Uno de aquellos impostores de alas irrompibles ensuciadas para inspirar compasión a los incautos me pidió un poco de comida. Un mendrugo de pan, por el amor de Dios, buen hombre.

Yo vomité las espinas de un salmón en la cara perfecta del ángel.

Proseguí mi camino imposible hacia la indiferencia absoluta. Pero siempre surgía algo que me apartaba de mi meta. Me sentía inevitablemente romántico. Anduve unos centenares de metros con la mirada entoldada por la emoción, y arrojé todos los preservativos a un charco que no había sabido evaporarse. Todos menos uno. Todos tomamos precauciones. Todos los miserables.

Pedro Casariego Córdoba.


Los espíritus de los muertos

edgar

Tu alma se encontrará sola, cautiva de los negros pensamientos de la gris piedra tumbal; ninguna persona te inquietará en tus horas de recogimiento.

Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono, —porque los espíritus de los muertos que existieron antes que tú en la vida, te alcanzarán y te rodearán en la muerte,— y la sombra proyectada sobre tu cara obedecerá a su voluntad; por lo tanto, permanece tranquilo.

Aunque serena, la noche fruncirá su ceño, y las estrellas, de lo alto de sus tronos celestes, no bajarán más sus miradas con un resplandor parecido al de la esperanza que se concede a los mortales; pero sus órbitas rojas, [ ]desprovistas de todo rayo, serán para tu corazón marchito como una quemadura, como una fiebre que querrá unirse a ti para siempre.

Ahora, te visitan pensamientos que no ahuyentarás jamás; ahora surgen ante ti visiones que no se desvanecerán jamás; jamás ellas dejarán tu espíritu, pero se fijarán como gotas de rocío sobre la hierba.

La brisa, —esa respiración de Dios,— reposa inmóvil, y la bruma que se extiende como una sombra sobre la colina, —como una sombra cuyo velo no se ha desgarrado todavía,— resulta así un símbolo y un signo. Como logra permanecer suspendida a los árboles, ese es el misterio de los misterios!

Edgar Allan Poe.


Madrigal Triste

baudelaire1

¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste.
Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto.
Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto;
la tormenta a las flores de frescura reviste.

Eres más la que amo si la melancolía
consterna tu mirada; si en lago de negrura
tu corazón naufraga; si el ayer su pavura
tiende sobre tus horas como nube sombría.

Eres la Bien-Amada si tu pupila vierte
-tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda
mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda
tu angustia con el trémulo presagio de la muerte.

¡Oh voluptuosidades profundas y divinas!
¡Salmo de los deleites entonado en sollozos!
Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos
con que las interiores penumbras iluminas.

Tu corazón es fragua; la pasión insepulta
como ascua inextinta, dispersa su destello;
y bajo la celeste blancura de tu cuello
un poco de satánica rebeldía se oculta.

Pero en tanto, Adorada, que no pueblen tus sueños
pesadillas sin término, reflejos avernales,
y en lívidas visiones de azufre mil puñales
tajen tu carne ebria de filtros y beleños,

y a todas las quimeras pávida esclavizada
el augurio funesto mires a cada paso,
y convulsa te acojas al letárgico abrazo
del tedio irresistible que anuncia la alborada.

Tú no podrás, -oh sierva que me impones tu ley
y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa,
decirme desde el antro de la noche morbosa,
con el alma en un grito: Yo soy tú mismo, ¡oh Rey!

Charles Baudelaire.


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